PRIMERA ELEGÍA
Dedicada a Dedalo, fundador
de la famosa estirpe de los artistas,
de los dedalianos
I
En sí mismo comienza y
en sí mismo termina.
Ninguna aura lo anuncia, ninguna
estela de cometa lo sigue.
Nada despunta desde sí hacia fuera
por eso no tiene rostro
ni forma. Podría parecerse
a la esfera,
en plenitud de cuerpo
y delgadez de piel.
Pero tiene aún
menos piel que la esfera.
Es el adentro pleno,
y,
aunque no tiene márgenes, está profundamente
limitado.
Pero no se le ve.
No le sigue la historia
de sus movimientos,
como la huella de las herraduras sigue
fielmente
a los caballos…
II
Ni siquiera tiene presente,
pero es difícil imaginar
de que manera no lo tiene.
Es el adentro pleno,
el interior del punto,
más apretado en sí que el punto mismo.
III
No tropieza con nadie
ni se golpea con nada,
ya que no ofrece nada al exterior
con lo que pueda golpearse.
IV
Aquí duermo yo, envuelto por él.
Todo es revés de todo.
Pero él no se le opone, ni
menos aún, lo niega.
Dice No sólo aquel
que entiende el Sí.
Pero él, que todo lo conoce,
en el No y en el Sí tiene las hojas arrancadas.
Aquí no duermo yo solo,
conmigo duerme toda la hilera de los hombres
cuyos nombres llevo.
La hilera de varones me puebla
un hombro, La hilera de mujeres,
el otro.
Y ni siquiera caben. Ellos son
las plumas que no se ven.
Bato las alas y duermo –
aquí,
en el interior pleno,
que comienza consigo
y consigo termina,
no anunciado por aura alguna,
no seguido por estela alguna
de cometa.
TERCERA ELEGÍA
Contemplación, crisis de tiempo
Y, una vez más, contemplación.
I. Contemplación
Si despiertas,
he ahí hasta donde se puede llegar,
Súbitamente el ojo se vacía por dentro
como un túnel, la mirada
se hace una contigo.
He aquí hasta donde puede llegar
La mirada, si se despierta:
Súbitamente se vacía,
como un tubo de plomo, por el cual
solo el azul viaja.
He aquí hasta donde puede llegar
el azul despierto:
Súbitamente se vacía por dentro
como arteria sin sangre,
a través de la cual se ven los paisajes fluyentes
del dormir.
II. Crisis de tiempo
Oh, breve tristeza, insecto verdoso,
vosotros, blandos huevos, habitando el meollo de un meteoro
roto; y cubiertos por mis manos
a fin de que renazca un decorado completamente otro.
Rebosa la habitación por las ventanas
y ya no puedo retenerla más en mis ojos abiertos.
Guerra de ángeles azules con lanzas electrizadas
ocurre en mis iris.
Me mezclo con los objetos hasta la sangre,
para detenerlos en su arranque,
pero ellos golpean los alféizares y continúan corriendo hacia
más lejos todavía
hacia otra era.
¡Oh, breve tristeza, queda
alrededor una esfera de vacío!
Estoy en su centro, y, uno a uno,
los ojos de la frente, de las sienes, de los dedos,
se me abren
III. Contemplación
Súbitamente el aire aulla…
hace caer sus pájaros sobre mi espalda
y ellos se me hincan en los hombros, en la espina dorsal,
lo ocupan todo y ya no tienen dónde estar.
En la espalda de los pájaros grandes
se hincan los demás.
Sogas aleteantes los arrastran,
acuáticas plantas.
Tampoco yo puedo permanecer erguido,
sino que, desplomado sobre piedras fluorescentes,
me agarro con los brazos al pilar de un puente
que se arquea sobre aguas que no existen.
Gran río de pájaros hincados
uno en otro por los picos se agita,
desde la espalda se me derrama
hacia un mar helado, no ennegrecido.
Gran río de pájaros muriendo,
sobre el que soltaran sus afiladas naves
los bárbaros, migrando siempre hacia lugares
nórdicos y deshabitados.
IV. Crisis de tiempo
Como si una tumba estallara
y fluyera en el gran río
todo su misterio…
Más aún,
ella la mirada nos mantiene,
en un extremo suyo fructificados.
Succiona de nosotros cuanto puede
como si pretendiera seňalarnos
los ángeles arbóreos y los de
otros paisajes.
Los árboles nos ven a nosotros,
no nosotros a ellos,
Como si una hoja estallara
y fluyera de ella
un arroyuelo de ojos verdes.
Estamos fructificados. Pendemos
del extremo de una mirada
que nos succiona.
V. Contemplación
Aparecía fulgurante un mundo
más rápido incluso que el tiempo de la letra A.
Yo sólo sabía esto: que ese mundo existe,
aunque, visto por detrás de las hojas, no se veía.
Recaía tan velozmente en el estado de hombre,
que tropezaba contra mi propio cuerpo, dolorosamente,
asombrándome mucho de tenerlo.
Estiraba mi alma de una parte y de otra
para llenar los tubos de mis brazos
y el globo de sobre los hombros
y las restantes formas, igual.
Así me tensaba para recordar
el mundo que he comprendido fulgurantemente
y que me ha castigado arrojándome en el cuerpo,
este lento hablador.
Pero no podía recordar nada.
Sólo esto – que he tocado
Otra cosa, Otra persona, Otro dónde,
que, sabiéndome, me rechazaron.
Gravitar de mi corazón,
volviendo a reclamar todos los significados,
siempre hacia atrs. Incluso a ti,
esclavo de los imanes, pensamiento.
OCTAVA ELEGIA, LA HIPERBÓREA
Ella me dijo entonces, al observar las cosas fijas
de mi constitución:
«Quisiera que huyéramos a Hiperbórea
y parirte vivo
como cierva, sobre la nieve,
mientras corre y aúlla
con largos sonidos colgados de las estrellas de la noche.
¡Al frío con nosotros y al hielo!
Desnudare mi cuerpo
y me zambulliré en aguas, con el alma indefensa,
que adopta como límite las criaturas del mar.
El océano crecerá, seguro, crecerá
hasta que cada una de sus moléculas
como un ojo de ciervo llegue a ser,
o
aún mucho más grande,
como el cuerpo de una ballena.
Me zambulliré en un agua así hinchada,
golpeándome con brownianos paisajes,
en un movimiento de espora, desesperada,
zigzagueare: golpeada
por grandes, oscuras frías moléculas,
las adeptas de Hércules.
Sin posibilidad de ahogamiento y sin
posibilidad de marcha ni de vuelo –
solamente zig-zag y zig-zag y zig-zag,
emparentándome con el helecho
a través de un destino de espora…
Quisiera que huyéramos a Hiperbórea
y parirte vivo,
bramando, corriendo, hecha pedazos por las aristas afiladas
del cielo violáceo,
sobre el hielo agrietado en icebergs
dispersos bajo un cielo violáceo.»
Nichita STĂNESCU
poeta y ensayista